Cocineros #15: Cecilia Martínez Ruppel

Acá hay otra prueba viviente –y por partida doble– de que Los caracteres sirve para fines nobles: Cecilia, que es poeta y periodista, no solo pudo hacer una nota sobre community managers gracias a los entrevistados de este sitio, sino que además pegó una bici divina luego de leer a nuestra Ciclista #09, Malén Denis, y pedirle la dirección del local donde ella había comprado la suya. Así que tenía que estar presente de alguna manera, y rápidamente quedó claro que su sección era la de los cocineros.
Hola Ceci. ¿Cuánto hace que cocinás?
Los primeros recuerdos que tengo de mi yo pequeño metido en la cocina son en las casas de mis abuelas. Me acuerdo de practicar repulgues de empanadas y de mirar ciertas mezclas con asombro. Y creo que arranqué motivada por las mismas cuestiones que me motivan para casi todo lo que hago: la curiosidad (que es lo que me llevó a ser periodista) y el amor. Veía cosas que me parecían fascinantes; que mi abuela Iris hiciera bocadillos con los fideos que sobraban en una cena o milanesas de lentejas con zanahoria rallada. O que mi otra abuela, China (cocinera), se volviera arquitecta para hacer unas inmensas torres de panqueques salados que eran el hit de muchas reuniones familiares. Todo era alquimia. Siempre relacioné a la comida con el amor. Tengo grabada la imagen de la mesa del desayuno cuando me quedaba a dormir en la casa de mi abuela Iris: la servilleta de tela, la taza de té negro en hebras a la que yo le ponía quinientas cucharaditas de azúcar, las tostadas bien secas, el dulce casero en una mermeladera de metal. Era una mesa que irradiaba dedicación. O volverme, cada vez que visito a mi abuela en Longchamps, con un pan casero y un budín de naranja en la cartera. La pizza casera de mi mamá y mi hermana… Desde chica tuve consciencia de que cocinarle a alguien es -al menos para mí- un acto de amor, y si no siempre es así, la seguridad de que cuando algo está hecho con amor sale mejor. Así que arranqué no sé cuándo, pero sí puedo afirmar que empecé a perfeccionarme hace unos diez años, cuando dejé de comer carne. No quería limitarme a comer milanesas de soja y ensalada de lechuga y tomate todos los días así que empecé, muy de a poco, a aprender y experimentar.
¿Cuál es tu utensilio de cocina preferido?
Me cuesta mucho elegir, así que voy a ser anárquica en este punto y mencionar dos. La cuchara de madera me parece todo un ícono. Es un elemento noble y tradicional que no pierde vigencia por más cosas raras y tech que aparezcan en el mundo de la gastronomía. Y el wok. Me acostumbré a usarlo para cualquier cosa: comida china, salsas, rellenos para tacos, sopas, todo lo hago en el wok; es muy cómodo y cocina de forma muy pareja.
¿Sos de ensuciar mucho?
Sí, ensucio bastante, y me parece una parte jocosa del proceso. La cocina tiene que estar limpia, pero si en el transcurso de cocinar se mantiene demasiado pulcra desconfío un poco de que salga algo bueno. Cocinar también tiene que ver con ensuciarse y con algo lúdico, no ensuciar sería como ser chico, ir a jugar a la pelota… ¡y volver impecable! Lo mismo al comer. Tampoco vas a ser un impresentable, pero banco a la gente que disfruta y se le cae el tuco en la barba o la remera. Como los orientales, que hacen ruido cuando toman sus sopas y dejan colgando los fideos y los absorben inmutables. Me gusta eso. Es como elegir entre un restaurante de lujo y un bodegón, yo me quedo con lo segundo. Igual lavo mientras avanzo, en la medida que los tiempos de cocción o los pasos de lo que estoy haciendo me lo permitan, porque ahora vivo en un lugar con cocina muy chica y no hay espacio para descontrolar.
¿Seguís recetas o inventás?
Me gusta ser intuitiva. Si un día se me da por hacer algo, lo hago en base a suposiciones, y por ahí recién cuando terminé busco la receta en Internet a ver si estaba bien. También cuando como algo que me gusta trato de repetirlo en mi casa, si puedo pregunto y sino supongo la receta y veo qué sale. Lo que más invento son las ensaladas. No creo que haga algo muy original, pero me gusta combinar de todo e ir probando. Con tomates secos y quesos (dos cosas que siempre tengo en la heladera), con arroz (preferentemente integral o yamaní), con todo tipo de semillas, frutos secos y verduras, y con jengibre, puedo experimentar mil y una noches. Inspiración y recetas busco en todos lados. El libro de cocina más flamante que tengo, por ejemplo, se lo compré a un krishna en el colectivo. Y me inspiran mucho los mercados. Cuando tengo oportunidad de viajar ir a los mercados de cada lugar es una de las cosas que más disfruto. En México y Brasil por ejemplo, hay unos colores y olores que no se pueden creer. Una variedad tan lejana para nosotros que me apena; siempre pienso “¡si viviera acá me muero, podría comer todo esto!”. El mes pasado en Río de Janeiro probé una fruta tropical cuyo nombre no recuerdo, pero era en consistencia y sabor como comer un Danette. Una cosa rarísima. Creo que si comés una fruta con consciencia, flasheás. Lo que proviene de la tierra me inspira mucho, la relación con la naturaleza, los productos que pasan lo menos posible por la intervención del hombre. Y también me inspira la cocina para otras cosas de la vida; el año pasado me puse a escribir una serie de poemas que tienen que ver con la comida y el acto de reunirse a comer siempre es un ritual que disfruto y valoro.
¿Para cuántas personas fue el máximo que cocinaste? ¿Sos buena calculando cantidades?
Creo que para unas diez personas, canelones de verdura y ricota con muzarella y nueces, con salsa rosa. Es agotador porque si calculás unos cuatro canelones por persona (y a mí me gusta que coman bien así que suelo exagerar) ya son cuarenta panqueques por hacer. Cansa un poco pero todo bien, lo hago a la noche/madrugada y dejo todo listo para cuando vienen los invitados. Por suerte los comensales quedaron muy satisfechos así que suelo repetir. En cuanto a las cantidades soy bastante desastrosa. Si cocino para mí, llegar del trabajo, servirme una copa de vino y ponerme a cocinar escuchando música es algo que me relaja y disfruto muchísimo, pero pierdo un poco la noción de las cantidades y siempre me sobra para el día siguiente. Si le cocino a alguien o a varios, en el afán por agasajarlos y por el miedo a que falte suelo preparar más de lo necesario. Muchas veces meto en el freezer o le llevo en un tupper a alguien para que pruebe (mejor compartir).
Te pedimos por favor una receta personal.
Me la pasó una estadounidense, pero como no entendí la mitad de lo que me dijo y no sabía expresarme las cantidades y algunos ingredientes, la adapté a mi parecer y la fui perfeccionando, así que ya sería una receta nueva, tal vez mía. Son unas galletitas que se volvieron muy populares en mi círculo, al punto de que cada año cuando deja de hacer calor y el horno no me mata abro la “temporada de cookies” y más o menos en octubre la cierro. En ese lapso de tiempo hago bastante seguido, o porque mis compañeros de trabajo me piden, o porque alguien cumple años, o toca algún amigo y caigo en el recital con las galletitas. Se mezcla en un bowl 2 ¼ tazas de harina 0000, una cucharadita de bicarbotano de sodio, una cucharadita de sal fina, 1 pan de manteca, ¾ taza de azúcar (a mí me gusta usar integral y orgánica), ¾ taza de azúcar negra, un chorrito de esencia de vainilla y 2 huevos. Tiene que quedar una mezcla de una consistencia que no llega a ser masa pero se puede moldear (se puede agregar un poco más harina si es necesario). Ahí se le agrega cualquier cosa: chips de chocolate, nueces y almendras, pasas de uva o lo que se tenga a mano. Yo le pongo muchos pedacitos de chocolate blanco porque me gusta cuando mordés y te encontrás con eso. Se ponen en una bandeja -enmantecada o con Fritolín de repostería- pocas, de a bolitas pequeñas aplastadas y separadas (porque después cuando levan se pueden pegar unas con otras), 20’ a horno medio y listo, a dejar enfriar un poco. Una recomendación es servirlas como postre. En ese caso hay que hornearlas en el momento para que no se sequen y endurezcan y hacerlas más finitas y grandes. Se sirven de a una en un plato, con helado encima (a mí me gustan con helado de coco), rociadas con salsa de chocolate y decoradas con unos frutos secos u hojitas de menta.
¡Gracias Ceci!
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