Exiliados #14: Lourdes Farall

Un nuevo espécimen tucumano viene a poblar las páginas de Los carcteres. A Lourdes la conocimos en enero de 2011, nosotros alojados en Yoconvoz para la grabación de “Uno” y “Otro” y ella transitado sus últimos días en su hábitat natural. Al poco tiempo se vino a Buenos Aires para estudiar una especialización bastante creepy en el Instituto de la Policía Federal. Otro día le pediremos que nos cuente más sobre eso. Hoy se somete al cuestionario de los exiliados, que para nuestra sorpresa, y en sintonía con el de las primerizas, viene funcionando como una forma de hacer catarsis entre los entrevistados. Nos encanta que eso pase.
Hola Lourdes. ¿De dónde sos?
De San Miguel de Tucumán. Viví ahí toda mi vida hasta el año pasado –principios del 2011– cuando decidí mudarme a Buenos Aires para estudiar una especialización (Investigación Científica del Delito) en el Instituto Universitario de la Policía Federal. Mucho tiempo estuve entrando a la pagina web del IUPFA, leía las materias de la especialización, las fechas de inscripción, los horarios, buscaba la dirección del instituto en un mapa (Rosario al 500, Caballito), cerraba la pagina y seguía con mis cosas; hasta que un día iba caminando por tribunales y me encuentro con una colega/amiga más grande que yo, y mientras charlábamos, yo le contaba sobre ese deseo de irme a estudiar algo medio incierto pero que me generaba tanta curiosidad a la vez, entonces ella me contestó: “hacélo ya, ahora que sabés que podés”. Y le hice caso. Lo primero que hice fue inscribirme, para que no quedaran dudas que me hicieran atrás, y después me compré un pasaje de avión. Luego me tocó despedirme de Tucumán, negociar algunas frustraciones dinerarias y laborales, abrazar a mis amigos y a mi familia como si fuera la última vez, en un tono entre dramático y humorístico, pero con algún rasgo de realidad. Una vez que te vas, cuando volvés siempre va a haber algo ya no esté como era antes.
¿Te encontraste con algo muy diferente a lo que esperabas?
Cuando llegué me encontré con algunas facilidades habitacionales y con algunas incongruencias de mi mente, como ser que, bueno, ya tenia donde vivir pero Buenos Aires no era lo mismo que cuando yo iba de turista, entonces fue el primer golpe para despertar a una situación elegida por mí. Tenía una valija, la notebook, y una valijita de cartón que adentro tenía un colchón inflable verde que ya tenía inflador, me lo había regalado mi mamá, vos lo pisabas y se autoinflaba; nunca me sentí tan ridícula, creo que en ese momento no me reí porque estaba un poco asustada. Fue un momento inicial de mucho silencio. No entendía un carajo qué tenía que hacer y a pesar de que tengo amigos tucumanos residentes en Buenos Aires, que son mi familia y además nos divertimos mucho, esos primeros dos meses me los acuerdo como en silencio.
¿Cambiaron mucho tus costumbres?
Hay algo que no dije todavía y es que también me fui a Buenos Aires para escribir. La literatura como ocupación secundaria mientras uno trabaja se vuelve un ejercicio complicado para el autor porque algo se resigna en esa dualidad “trabajo para ganar plata/escritura”. Entonces, en un ataque de ingenuidad, dentro de mi decisión de mudarme, una de las razones era alejarme de Tucumán para poder pensar con mas claridad si quería escribir o no –segundo momento ridículo de la anécdota–. No resolví la pregunta, pero empecé a ir a un taller de escritura –Kickboxing– dictado por Hernán Vanoli y Diego Vecino. Era otro desafío tener que someterme a una mesa con un grupo de personas, entregar por propia voluntad mis textos y por la misma voluntad inicial aceptar estar dentro de un taller literario. Al principio, llegué callada y seria, después me hice amiga de todos los chicos y aprendí a través de las discusiones sobre las correcciones de los textos. Por otro lado, Brillovox, la editorial independiente que tengo con Maximiliano Farber y que dirijo en la sección literaria junto a Amadeo Gandolfo desde hace unos años, había quedado en pausa. Eso me generaba nostalgia y un poco de impotencia. Extrañaba los eventos que producíamos con Brillovox y con Yoconvoz en Tucumán, el clima de débil pero sostenido entusiasmo que había en cada recital o cada presentación de libros. Es un estado que no volví a encontrar en buenos aires. A parte de eso, mi rutina cambió completamente. Volví a ser estudiante. Tuve que caminar distancias mucho mas largas sin quejarme. Soportar combinaciones bondi-subte-bondi en medio del viento –el viento constante es un capitulo aparte– sabiendo que nunca, nunca más podés subirte a un taxi porque sí, porque te quedás sin plata a la semana. Me hice amigos porteños, son muy cálidos, al menos los que me tocaron a mí, gente piola.
¿Con qué frecuencia volvés de visita?
Ahora estuve como ocho meses seguidos sin volver a Tucumán. Yo pensaba que estaba todo bien, que podía aguantar mas. Pero cuando tuve que volver para el casamiento de un amigo, me atacaron una nostalgia y un entusiasmo casi infantiles. Después me di cuenta que no hay que dejar pasar tanto tiempo. O capaz que sí, no sé. Viajo en avión. Siempre es un suplicio, pienso que me voy a morir en cada vuelo. Un tire y afloje clásico entre el miedo y la comodidad de llegar en dos horas.Después de ese largo tiempo sin volver, la segunda vuelta fue para navidad y año nuevo. La época en que los tucumanos volvemos a Tucumán a quejarnos del calor. Siempre encuentro diferencias pero cada vez más tienen que ver conmigo y no con el lugar. Aunque me pasa algo que no entiendo bien, siempre que pienso en Tucumán, me acuerdo de la Plaza Independencia y me dan ganas de caminar por ahí un rato.
¿Pensás en volver a vivir en Tucumán?
No sé, creo que un año es muy poco para pensar en esas cosas. Por momentos pienso que me voy a quedar mas de dos años en Buenos Aires y después me voy a ir mas lejos, pero mientras estoy fantaseando con esos movimientos eternos donde al final nunca sabés dónde te vas a quedar y si en realidad existe un destino final, se me ocurre que quizás vuelvo a Tucumán mucho antes de lo que me imagino. Instalarse y desinstalarse consume mucho tiempo, energía y dinero. Todo el esfuerzo que uno promueve instalándose en un lugar y las cosas que amontona mientras está viviendo en un lugar determinado se van pegando a uno y en el momento de volver a moverse, despegar, correr, limpiar, embalar, entregar, extinguir contratos, todo el esfuerzo inicial se convierte en una fuerza doble que hay que saber manejar para no perder la cordura en el medio. Lo que quiero decir es que en realidad no estoy pensando en nada más que en vivir en el lugar al que me mudé hace un año.
¿A qué amigo tuyo pensás que le gustaría vivir allá?
Me estoy riendo y contesto que a Violeta Castillo le encantaría vivir en Tucumán. Yo la conocí en la terraza de Juan Cruz –Yoconvoz– un verano en el que estaba grabando sus EPs, y estaba como si nada, en medio del calor, súper contenta con la vegetación tucumana. Quizás sea porque la conocí en Tucumán pero a los demás amigos de otros lugares no sé si les gustaría tanto vivir en Tucumán, tal vez tengan más curiosidad de escuchar mis anécdotas sobre el calor y sobre la importancia de cortar la carne a cuchillo en las empanadas.
¡Gracias Lourdes!
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