Futbolistas #13: Gabriel Casas

El tipo de persona capaz de ir a jugar el mismo día que está por nacer su hija, esa especie de fanático es Gabi, también conocido como el Cacique, aguerrido número 2 con recursos para salir jugando desde el fondo con la cabeza levantada. Gran defensor de “los códigos” dentro del fútbol, se conocieron con Lucas cuando el primero era editor de deportes en Terra y el otro metía unas colaboraciones medio ladri yendo a cubrir recitales de Iván Noble y afines. Fue una buena época. Jugaron juntos todos los martes durante un par de años, hasta que el Cacique se lesionó, motivo por el cual está parado hace varios meses. Su ausencia no pasa desapercibida, ni adentro ni afuera de la cancha.
Hola Gabi. ¿Cómo aprendiste a jugar al fútbol?
Aprendí de muy chico, jugando en la vereda con mis amigos vecinos y yendo al potrero del barrio. Era otra época (los setenta) y recuerdo que jugábamos en la calle hasta bien entrada la noche. A medida que fui creciendo en la escuela primaria, ya fui parte del equipo que jugaba torneos en San Antonio (el colegio de curas donde nació San Lorenzo). Los curas nos obligaban a ir a misa y a hacer la comunión si queríamos jugar los campeonatos. Así fue como tomé la comunión, pero para la confirmación ya no me agarraron. Preferí irme a jugar a San Francisco (otro oratorio de Boedo) donde a lo único que te obligaban era a concurrir a la misa y a una peregrinación al año.
¿Cuánto fue lo máximo que estuviste sin jugar?
Ahora llevo como un año, porque tengo una hernia inguinal y me cuelgo con la operación. La otra vez fui a atajar, pero no es lo mismo que jugar corriendo (bah, o intentándolo) todo el partido.
¿Cuál fue la peor patada que te dieron?
Nunca ligué una patada tan grossa como para recordarla. Es más, fui de dar yo alguna que otra cuando jugábamos desafíos. Recuerdo una a un tal “Banana”, creo que así lo apodaban, en un partido con los amigos de Terra contra los amigos del barrio de Ale Lingenti. Ese Banana la movía y le gustaba mostrarla. Me acuerdo que llovía y lo barrí yendo con todo abajo, a los pies, en el césped sintético. Todavía recuerdo el “uuuuhhhhh” que hicieron a coro el resto de los que jugaban. Pero el “Banana” se la bancó como un duque.
¿Cuál fue la mayor bronca que te agarraste? ¿Hubo piñas?
De pendejo (entre los dieciséis y los dieciocho años) paraba con una bandita de amigos en Boedo, en la esquina de Castro e Independencia. Eran bravos los pibes, les gustaba resolver a las piñas cuando los partidos se ponían calientes. Así que tuve varias peleas en los torneos que se armaban en San Antonio, con las otras bandas de los alrededores de Boedo.
¿Cuál fue el mejor gol que hiciste?
Una vez jugando un torneo de la Presidencia de la Nación, cuando laburaba en la Secretaría contra la droga de Lestelle en el primer año del gobierno de Menem, jugábamos en cancha de once en el Parque Sarmiento los domingos a la mañana. Había días que íbamos en un estado deplorable porque salíamos a bailar la noche anterior y jugábamos sin dormir. Yo jugaba de 6. Hice un gol de mitad de cancha, con el arquero rival adelantado. Pero el guacho del árbitro me lo anuló por un foul previo. Igual, para mí valió lo mismo, porque me aplaudieron todos los que estaban viendo el partido afuera. Ni Maradona en el Maracaná lo hizo ante Uruguay (pegó en el travesaño, je).
¿Con quién te entendiste mejor dentro de una cancha?
Con Tommy Muñoz, un amigo con el que jugábamos en Ralupa, en los torneos de San Francisco. Nos entendíamos de memoria armando paredes y saliendo jugando desde abajo.
¿A qué edad te diste cuenta de qué ya no ibas a poder ser jugador de fútbol profesional?
A eso de los dieciséis años me probaron en San Lorenzo por insistencia de mi viejo. Me hicieron jugar con los pendejos de La Butteller, que todavía no manejaban a la hinchada. No anduve bien y encima ligué varias patadas. Después me vio jugar Rafael Albretch (un histórico jugador de San Lorenzo) en papi y me recomendó para probarme en Ferro. Pero ya esa edad tenía el pelo largo y en Ferro no me quisieron probar si no me lo cortaba. Así que no lo hice. Después me ficharon en Excursionistas, adonde me llevó un amigo, pero ya en esa época estaba más para la joda que para entrenar. Así que ni siquiera llegué a jugar en las inferiores, sólo amistosos. No fue una frustración, porque nunca me imaginé que pudiera llegar a ser futbolista profesional. Las pruebas fueron más para darle el gusto a mi viejo, que por mi vocación de intentar ser futbolista.
¿Qué es lo peor de ser el organizador del partido?
Cuando llega el día del partido y se caen un par porque tienen un recital, les duele una uña o inventan que una tía está enferma. Cuando organizás y cuando jugás tenés que tener compromiso. Jugar al fútbol no se cambia por cualquier otra cosa. Yo fui a jugar hasta el mismo día que mi mujer rompió bolsa cuando iba a tener a Zoe, mi primera hija. Eso es compromiso, aunque me haya ligado las puteadas de mi esposa.
¡Gracias Gabi!
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